La piel del bebé es muy frágil. Desempeña un papel protector porque su piel evita la pérdida excesiva de agua, proteínas, sales minerales, calor e impide la entrada de microbios y bacterias.
Para cumplir correctamente su función barrera, la piel debe ser especialmente “fuerte y resistente”, es decir, gozar de buena salud.